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La maja desnuda
La maja desnuda

La maja desnuda

La maja desnuda es, junto con su versión vestida, una de las obras más emblemáticas de la producción pictórica de Goya.

Sin embargo, es muy poco lo que se sabe de ellas de forma indiscutible. No se sabe con seguridad en qué momento se pintaron, quién las encargó, ni tampoco el motivo por el cuál se hicieron.

La primera mención a La maja desnuda la sitúa en el año 1800 en una habitación reservada del Palacio del ministro Manuel Godoy, aunque por la forma en que está pintada, en un estilo neoclásico propio de una etapa temprana del artista, se fecha en torno a 1795. Por el contrario, La maja vestida muestra un estilo más avanzado y se cree realizada en los primeros años de la década siguiente.

Es muy posible que el propio Godoy encargara inicialmente La maja desnuda a Goya para hacerla emparejar con otros desnudos que poseía en su colección, como como La Venus del espejo de Velázquez y otra Venus que se creía obra de Tiziano, ya que en esos momentos era el único que tenía la influencia y el poder suficiente como para poseer, y mostrar a quien gustase, pinturas de desnudos, que estaban prohibidos por la Inquisición.

Lo más probable es que La maja desnuda se dispusiera en un primer momento en un muro frente a la Venus del espejo de Velázquez, creando un juego que mostraba el cuerpo femenino por delante y por detrás. La maja vestida, que Godoy habría encargado años después, vendría a completar dicho juego, esta vez entre una mujer vestida y una desnuda. De hecho, desde mediados del siglo XIX existe una leyenda persistente, aunque difícil de demostrar, que asegura que los lienzos de las majas estaban montados uno sobre el otro, con sus marcos unidos, y que, por medio de un mecanismo, el cuadro de la vestida se levantaba dejando al descubierto la desnuda con el fin de divertir a los presentes.

Otras leyendas decimonónicas que, por el contrario, han sido descartadas por medio de estudios históricos y técnicos, son la que identificaba la maja con la duquesa de Alba o con Pepita Tudó, la amante de Godoy, o la que afirmaba que la cabeza de La maja desnuda se hallaba superpuesta, como si fuera una careta. Lo más seguro, sin embargo, es que Goya se sirviese de una modelo anónima o que, simplemente, la inventase.

Sea como fuere, el pintor logró una imagen que destaca por su extraordinaria belleza y refinamiento, por la sutileza de su colorido e iluminación y por la perfección de su acabado.

Hay que señalar que originariamente ni esta obra ni su variante vestida se conocían con el nombre de “majas”. Las primeras menciones a la desnuda y un testimonio de Javier Goya, el hijo del pintor, la consideraron una “venus”, es decir, que se identificaba con la diosa clásica del amor y la belleza, al igual que las otras pinturas del gabinete privado de Godoy. En una referencia de 1808 se las denomina “gitanas”, mientras que otra de 1814 ya habla de “una mujer vestida de maja”, nombre que también utilizó el Tribunal de la Inquisición a finales de ese año, cuando requisó las dos obras por considerarlas obscenas, siendo el nombre que se generalizó a partir de entonces.

Desde luego, La maja desnuda sigue la tipología tradicional de la diosa Venus tendida sobre el lecho, en este caso, con los brazos entrecruzados por debajo de la cabeza, en una composición que recuerda a la famosa escultura clásica de Ariadna dormida que en época de Goya se encontraba en las colecciones reales y que ahora se conserva en el Museo del Prado. Sin embargo, en todo lo demás esta Venus se aparta de la tradición artística. En primer lugar, Goya prescindió de los atributos que suelen acompañar las imágenes de la diosa, como la figura de Cupido o las palomas; por otro, la dispone en una actitud completamente revolucionaria al hacerla mirar directamente, y sonriendo de forma provocativa, al espectador, despojando a la mujer del recato tradicional de las Venus clásicas, que siempre se representan distantes. Es, además, el primer desnudo femenino de la historia de la pintura que muestra de forma evidente el vello púbico, señal indiscutible de su absoluta modernidad.

Su obvia sensualidad mantuvo esta obra custodiada durante más de dos décadas en dependencias de la Inquisición. En 1836 fue depositada, junto con La maja vestida, en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, pero, mientras que la vestida se exhibió en las salas de la institución en 1840, la desnuda siguió oculta a la vista del público otros cuarenta años. En 1900 ambas participaron en una gran exposición dedicada a Goya y, un año más tarde, en 1901, se trasladaron al Museo del Prado, donde hoy se mantienen.

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